Qué fin de semana el del 3 y 4 de octubre 2025 en Campo de Criptana, escenario de la 4ª edición del Tour de Hierro, una prueba que va mucho más allá del deporte. Una travesía que bien podría haber inspirado al propio Don Quijote, hecha de esfuerzo, camaradería y paisajes de leyenda.
Partimos cuatro compañeros con una idea clara: recorrer los 355 km del recorrido completo, del kilómetro cero, hasta el final, disfrutando más que sufriendo. Algunos apenas se iniciaban en el gravel, aunque traían ya sobrada experiencia en largas distancias.
Para otros participantes, como para mí, el verdadero reto era esa barrera psicológica de los 300 kilómetros, un territorio desconocido que nos atraía tanto como nos imponía respeto.
Salimos de Campo de Criptana a las 19:30, con el sol escondiéndose tras los molinos y la luz del atardecer tiñendo de llamativos colores los caminos.
Pronto cayó la noche, y la primera mitad del recorrido transcurrió bajo las estrellas, en una atmósfera casi mágica, entre los campos de Mota del Cuervo, Quintanar de la Orden y Tembleque, entre otras poblaciones, rumbo a Ocaña.
Allí, de madrugada, nos esperaba el campamento de la organización, perfectamente preparado para descansar, reponer fuerzas y compartir algunas impresiones con otros participantes.
A las 6:30 de la mañana retomamos la ruta, todavía con la oscuridad acompañándonos, y poco a poco el amanecer nos llevó hasta Aranjuez, en la zona más lenta y técnica del recorrido, con numerosos regueros y surcos fruto de antiguas lluvias que obligaban a mantener la concentración y el pulso firme sobre el manillar.
Más adelante, ya con el día abierto por completo al llegar a Toledo, nuestro esfuerzo encontraba recompensa en las vistas, las murallas y el rumor del Tajo.
Desde allí, el itinerario siguió hacia Consuegra, con sus molinos vigilando desde lo alto, y en el regreso hacia Alcázar de San Juan nos esperaban los bancos de arena, que nos ralentizaban y ponían a prueba la destreza de cada uno sobre la bici.
Finalmente, tras el paso por Alcázar de San Juan, llegamos de nuevo a Criptana, justo al caer la noche, completando así una aventura de algo más de 24 horas.
Con una organización impecable, un ambiente magnífico y una motivación que no decayó ni de noche, todo salió perfecto.
Llegamos con margen, sin agotar nuestras fuerzas y con la sonrisa intacta. En el camino quedaron kilómetros, polvo, risas y anécdotas, y la sensación compartida de haber vivido algo grande, culminada con un emotivo abrazo de los compañeros y amigos.
Una experiencia que, más que agotarnos, nos dejó con ganas de más, porque hay rutas que no se terminan al cruzar la meta, sino cuando dejas de recordarlas.