Otra gran aventura de 360 km dándole a los pedales
Ya había participado en dos ediciones del Tour de Hierro: formato similar, misma organización y el mismo punto manchego de partida y llegada, Campo de Criptana (Ciudad Real). En esta ocasión, la organización dispuso un máximo de 36 horas para completarlo. Como adelanto, nosotros lo hicimos en unas 28 horas a nuestro ritmo, sin agobios. Poco más de 16 horas en movimiento, pedaleando, y el resto repartido entre las diferentes paradas como veremos aquí…
El año pasado nos dejó un magnífico sabor de boca el recorrido del Tour de Hierro, de distancia similar, algún metro menos de desnivel y, quizá, algo más asequible técnicamente. Así que estaba bastante claro: no podíamos rechazar la propuesta del amigo Manu, alma mater de esta nueva aventura y de tantas otras que ha organizado anteriormente en diferentes lugares y momentos.
Y acertamos. Mucho.
En esta ocasión no pudimos reunir al completo al cuarteto con el que terminamos juntos el Tour de Hierro 360 de 2025, así que nos tocaba repartirnos el “trabajo” entre el incondicional amigo Ángel M. Ruiz, aportando su inconmensurable experiencia en largas distancias, y un servidor, que ha frecuentado algo más los eventos gravel de todo tipo.
Yo me adelanté la tarde del jueves para poder asistir a la presentación del evento y a la charla de Juan Dual, quien volvió a mostrarnos todo lo que el deporte y, más concretamente, el ciclismo pueden aportarnos para afrontar y superar momentos muy complicados.
Ángel llegó el viernes por la mañana, con tiempo suficiente para preparar tranquilamente todo el material y compartir los momentos previos con otros participantes, algunos buenos conocidos, y con parte de la organización.
Comienza la aventura
Poco después de las 12:30 se daba la salida oficial. Prácticamente todos mostrábamos esa sonrisa que parece inevitable cuando te subes a una bicicleta sabiendo que tienes por delante muchas horas de aventura.
Después habría tiempo para que nuestras caras reflejasen prácticamente de todo.
Una de las protagonistas de esta primera parte fue la temperatura, muy elevada durante buena parte del recorrido y completamente veraniega. El calor nos obligó a realizar numerosas paradas buscando fuentes en pueblos y otros puntos del camino para rellenar bidones y sales, refrescarnos y seguir avanzando en buenas condiciones.
Ya calentitos, apenas habíamos comenzado y probablemente íbamos demasiado emocionados —y demasiado deprisa para todo lo que todavía quedaba— cuando llegaron las duras rampas que nos llevarían hasta los característicos molinos de Alcázar de San Juan.
El terreno suelto añadió dificultad y algunos tramos resultaron prácticamente imposibles de culminar sobre la bicicleta para la mayoría. Pero precisamente estas cosas forman parte de este tipo de aventuras. Pie a tierra, buen humor y para arriba.
Después pusimos rumbo hacia Argamasilla de Alba, donde aprovechamos para sustituir el agua que todavía llevábamos, ya casi imposible de beber por su temperatura, por otra bastante más fresca.
Desde allí continuamos en dirección a Ruidera, pero antes nos esperaba uno de esos lugares en los que el recorrido prácticamente te obliga a detenerte: el Castillo de Peñarroya.
Situado a unos 12 kilómetros de Argamasilla de Alba, en dirección a las Lagunas de Ruidera, la fortaleza se levanta sobre un roquedal junto al embalse de Peñarroya, en un enclave privilegiado y convertido en una magnífica antesala del entorno natural que encontraríamos poco después.
Nosotros no tuvimos ninguna duda. Había que parar.
Durante unos minutos dejamos de pensar en kilómetros, horarios y en todo lo que todavía quedaba por delante para contemplar con calma el castillo y, sobre todo, la magnífica panorámica del embalse desde lo alto.
Uno de esos momentos en los que merece la pena bajarse de la bicicleta, levantar la vista y recordar que en una aventura así el camino importa tanto como llegar a la meta.
Y precisamente esta fue una de las grandes virtudes del Camino del Quijote: llevarnos de un lugar emblemático a otro utilizando la bicicleta como hilo conductor, permitiéndonos descubrir una Mancha que cambia continuamente a medida que avanzan los kilómetros.
Desde Peñarroya continuamos hacia otro de los lugares más esperados del recorrido, Ruidera y sus lagunas.
Allí hicimos una parada algo más larga y coincidimos con un buen número de compañeros. Y empezamos a contarnos las inevitables “penurias”, las batallitas y las risas, explicando, lo que cada uno había vivido durante las horas anteriores.
Aquello acabaría convirtiéndose en una constante durante toda la prueba.
Ángel y yo recorrimos muchos kilómetros completamente solos, disfrutando también de esa sensación tan especial que produce avanzar durante horas por caminos y carreteras secundarias. Pero cada “posada”, fuente o avituallamiento se convertía en un pequeño punto de reunión. Volvíamos a encontrarnos con otros compañeros, rodábamos juntos durante un rato, nos separábamos y volvíamos a coincidir kilómetros después.
Y encantados. Porque esa convivencia espontánea terminó siendo una de las mejores cosas del Camino del Quijote.
Antes de alcanzar el campamento de Valdepeñas cruzamos poblaciones bien conocidas como Villahermosa, Villanueva de los Infantes y Alcubillas, dentro de un recorrido que permitía descubrir La Mancha desde una perspectiva privilegiada: la que ofrece una bicicleta cuando tienes tiempo suficiente para atravesar el territorio, observarlo y sentir cómo va cambiando a medida que pasan los kilómetros.
180 km y llegamos al campamento en Valdepeñas
Después de aproximadamente 180 kilómetros llegamos al polideportivo de Valdepeñas, convertido para la ocasión en nuestro campamento.
Y allí la organización volvió a demostrar que conocía perfectamente las necesidades de quienes llevábamos ya muchas horas sobre la bicicleta.
Nos recibieron con bebida y comida a tutiplén. Comida de verdad. Después de tantos kilómetros, poder dejar a un lado durante un rato las clásicas barritas y los geles es uno de esos pequeños grandes placeres que se agradecen muchísimo. No hay color.
Cada participante decidía cuánto tiempo permanecer allí. La organización había transportado nuestras mochilas con todo lo necesario para recuperarnos, cambiarnos de ropa, ducharnos y cargar esos dispositivos que en una aventura de este tipo resultan imprescindibles: GPS, teléfonos móviles y, por supuesto, las luces necesarias para afrontar las horas nocturnas.
Una logística que parece sencilla cuando todo funciona bien, pero detrás de la cual hay muchas horas de trabajo y mucha gente pendiente de que los participantes únicamente tengamos que preocuparnos de una cosa: seguir pedaleando y disfrutando del camino.
Las 5:45 de la mañana y otra Mancha completamente diferente
A las 5:45 de la madrugada volvíamos a los pedales. Reiniciados y relativamente “frescos”.
Personalmente, esta fue una de las partes más bonitas del recorrido.
A esas horas algunos lugares parecían sacados de una película. El silencio, la oscuridad, las luces de nuestras bicicletas y la presencia mucho más evidente de la fauna y la vegetación transformaban completamente el paisaje.
Es una de las grandes virtudes de las pruebas de larga distancia: pasar por un mismo territorio de día o de madrugada puede convertirlo en dos lugares completamente diferentes.
Moral de Calatrava fue el primer pueblo de esta segunda parte. Nada más salir afrontamos por carretera una de las pocas subidas importantes del recorrido, ascendiendo hacia la Sierra del Moral y dejando a nuestra derecha un parque eólico que evidenciaba que estábamos alcanzando una de las zonas más elevadas.
Si durante los primeros kilómetros habíamos llegado a sentir algo de fresco, aquella subida se encargó rápidamente de solucionar el problema.
Después llegarían Almagro y Bolaños de Calatrava, antes de continuar hacia Daimiel, otro de los nombres emblemáticos de la aventura.
Y seguimos sumando kilómetros, pueblos y paradas: Villarrubia de los Ojos, Las Labores y Puerto Lápice.
Cada población era una pequeña referencia psicológica. Un punto más superado, otra parada, alguna conversación y unos cuantos kilómetros menos para regresar a Campo de Criptana.
Lagunas, avituallamientos y un equipo que nunca dejó de animar
Todavía nos esperaba otro de los lugares destacados del recorrido: las Lagunas de Villafranca de los Caballeros.
Allí pudimos volver a comer, beber y refrescarnos gracias al avituallamiento preparado por la organización.
Y merece la pena detenerse aquí para destacar algo que vivimos durante todo el evento: la extraordinaria amabilidad y disposición de las personas que formaban parte del equipo organizativo.
Quienes participamos sufrimos el calor, acumulamos kilómetros y dormimos poco, pero ellos también estuvieron muchísimas horas trabajando, desplazándose, preparando puntos de asistencia y esperando hasta el paso del último ciclista. Y, pese a ello, siempre encontramos ayuda, ánimos y una sonrisa.
Cuando una organización consigue que en una aventura de tantas horas el participante se sienta acompañado sin restarle ni un ápice de autonomía, significa que muchas cosas se han hecho bien.
Quero y El Toboso cerrarían nuestra sucesión de pasos por poblaciones antes de afrontar, ya con muchas ganas de completar el recorrido, la última subida rodeando Campo de Criptana.
Y entonces volvieron a aparecer ante nosotros los molinos.
Después de tantas horas y tantos kilómetros, verlos allí arriba tenía un significado bastante diferente al del comienzo.
Los últimos kilómetros, muy bien acompañados
Los últimos 20 kilómetros Ángel y yo tuvimos la suerte de compartirlos con otros cuatro compañeros con los que ya habíamos coincidido en diferentes momentos de la ruta.
Hubo conversación, bromas, recuerdos de lo vivido unas horas antes y, sobre todo, muchas risas.
A la postre, esa fue probablemente una de las mejores explicaciones de por qué disfrutamos tanto de esta primera edición del Camino del Quijote.
Porque los kilómetros y las cifras cuentan solo una parte de la historia.
28 horas de aventura. Unas 16 horas pedaleando. Calor, noche, caminos, molinos, castillos, embalses, lagunas, pueblos manchegos, alguna rampa imposible, muchas fuentes, comida, paradas, compañeros que aparecen y desaparecen del camino y una organización trabajando durante horas para que todo funcione.
El recorrido nos pareció magnífico para este tipo de evento: variado, atractivo, con numerosos lugares emblemáticos y con ese punto de dificultad que permite que no sea simplemente una acumulación de kilómetros. Hay tramos para rodar, otros para disfrutar del paisaje, momentos de mayor exigencia y muchos lugares que justifican por sí solos levantar la cabeza del manillar y mirar alrededor.
Peñarroya fue quizá el mejor ejemplo de ello: llegar hasta allí en bicicleta, detenernos frente al castillo y contemplar el embalse desde lo alto fue uno de esos pequeños premios que el propio recorrido nos fue regalando.
Y, por encima de todo, queda el componente humano. Los encuentros en las paradas, los kilómetros compartidos con gente que apenas conocías unas horas antes y esa peculiar camaradería que aparece cuando todos estamos metidos en la misma aventura.
A eso hay que sumar una organización que estuvo a la altura de una primera edición muy ambiciosa, tanto por el recorrido como por la logística necesaria para atender a los participantes durante tantas horas.
¿El resumen?
Terminamos con ganas de repetir desde el primer minuto.
Y después de 28 horas de aventura, probablemente no haya mejor forma de explicar lo mucho que disfrutamos de esta primera edición del Camino del Quijote.
Así que, Manu, ya puedes ir pensando en la siguiente.
¡¡¡Nosotros estamos preparados para volver!!!
El equipamiento para nuestra aventura
Hay muchas formas de afrontar una aventura como el Camino del Quijote, pero para nosotros hay una premisa fundamental: no subestimar ni el recorrido ni todo lo que puede suceder durante tantas horas sobre la bicicleta.
Es imposible prever todas las circunstancias. La meteorología puede cambiar, puede aparecer una avería, un pinchazo, una caída, una luz que consume más batería de la esperada o, simplemente, encontrarnos durante muchos kilómetros lejos de un lugar donde conseguir aquello que necesitamos.
Por eso, en un evento así, preferimos pecar ligeramente por exceso que por defecto. Un poco más de peso importa bastante menos que encontrarte con un problema a decenas de kilómetros de cualquier sitio y no disponer de lo necesario para solucionarlo.
No pretendemos hacer una lista completa
Antes de continuar, una aclaración importante: esto no pretende ser una relación exhaustiva de todo el equipamiento necesario para participar en el Camino del Quijote.
Hay elementos mucho más evidentes que damos por supuestos: nuestra documentación revisada, gps con el último track cargado, casco, ropa adecuada, guantes, calzado, gafas, etc. En el caso de las gafas, conviene además pensar que vamos a circular de noche y utilizar lentes que nos permitan mantener una buena visión cuando desaparezca la luz del día.
Tampoco entramos aquí en todos los elementos relacionados con el descanso y el aseo. Una de las ventajas de la organización del Camino del Quijote es que podemos enviar previamente al campamento de Valdepeñas una mochila con aquello que necesitaremos al llegar, sin tener que cargarlo sobre la bicicleta durante toda la primera parte del recorrido.
Ahí podemos incluir equipación y complementos de recambio, ropa seca, elementos de aseo, cargadores y todo aquello que queramos utilizar durante la parada. Y quienes quieran aprovechar el campamento para dormir o descansar con mayor comodidad pueden enviar también su colchoneta y saco de dormir.
Es una posibilidad que merece la pena aprovechar. Después de unos 180 kilómetros, cambiarse, asearse, comer, recargar los dispositivos y tumbarse un rato puede ayudar bastante antes de afrontar la segunda mitad de la aventura.
Por tanto, lo que recogemos a continuación no es un checklist completo. Son, sobre todo, algunas recomendaciones personales menos obvias, que nuestra experiencia nos dice que merece la pena tener presentes.
Nosotros hicimos el recorrido previsto para gravel y MTB sin mayores incidencias mecánicas, más allá de un pinchazo provocado al golpear la llanta contra una de las muchas piedras que encontramos durante el camino.
Y precisamente de ahí sale nuestra primera recomendación.
- Tubeless sí, pero con cámaras de repuesto
Aunque utilices tubeless, lleva cámaras. Nosotros recomendamos llevar al menos un par en una aventura de estas características.
Una mecha puede solucionar perfectamente muchos pinchazos, pero no todos. Un corte importante, un problema con la válvula, un golpe contra una piedra o un daño que el líquido sellante no pueda resolver pueden dejarte sin otra alternativa.
Y no resulta nada agradable seguir rodando sabiendo que tienes por delante decenas —o cientos— de kilómetros sin una segunda oportunidad.
Si utilizas tubeless, tampoco confíes ciegamente en el estado del líquido. Revísalo antes de salir y, ante la menor duda, añade la cantidad necesaria. Nosotros somos incondicionales de X-Sauce desde hace muchos años. Y es que antes hemos probado muchas cosas…
- La bicicleta se revisa antes, no el día de la salida
La misma filosofía sirve para toda la bicicleta.
Unos días antes de afrontar un reto de tantas horas conviene revisar transmisión (incluyendo baterías al 100% de carga), frenos, neumáticos, presiones, tornillería y todos aquellos elementos susceptibles de ocasionar un problema.
No hablamos de desmontar media bicicleta la noche anterior. Precisamente lo contrario: revisarla con suficiente antelación para poder detectar y solucionar cualquier problema y probar después que todo funciona correctamente.
En una aventura de 360 kilómetros, una pequeña molestia o un ajuste incorrecto que en una salida de dos horas apenas tendría importancia puede convertirse, con el paso del tiempo, en un problema considerable.
- Herramientas y repuestos: llevarlos y saber utilizarlos
Además, llevamos el material básico que consideramos imprescindible en cualquier salida larga de bikepacking: multiherramienta con tronchacadenas, bomba, desmontables, mechas para tubeless, eslabón rápido compatible con nuestra transmisión, bridas y algunos repuestos esenciales.
La selección concreta dependerá de cada bicicleta y también de aquello que seamos capaces de reparar sobre el terreno. Porque hay algo tan importante como llevar las herramientas: saber utilizarlas.
No hace falta llevar medio taller encima, pero sí lo suficiente para resolver las pequeñas incidencias más previsibles sin depender de nadie. Y tampoco tiene demasiado sentido cargar con herramientas o repuestos que, llegado el momento, no sabríamos utilizar.
Una avería sencilla puede convertirse en un problema importante si sucede lejos de una población. Algo tan básico como saber desmontar una rueda, colocar una cámara, introducir correctamente una mecha, reparar una cadena utilizando el tronchacadenas y un eslabón rápido o solucionar algún pequeño desajuste puede permitirnos continuar una aventura que, de otra forma, podría terminar allí mismo.
Y esto también se entrena.
Si nunca has utilizado una mecha tubeless o un tronchacadenas, el momento de aprender no es de noche, cansado y después de 200 kilómetros. Merece la pena practicar tranquilamente en casa las operaciones básicas y conocer mínimamente nuestra bicicleta antes de enfrentarnos a una ruta de larga distancia.
No necesitamos convertirnos en mecánicos. Se trata simplemente de adquirir una autosuficiencia mecánica básica, suficiente para solucionar los problemas más habituales y poder seguir adelante.
- Luces y autonomía: mejor que sobre batería
Las luces deben salir completamente cargadas y ofrecer una autonomía que supere ampliamente las horas de oscuridad que calculamos afrontar.
Nosotros preferimos llevar alguna luz adicional y disponer también de un buen powerbank que permita cargar dispositivos si fuera necesario.
GPS, teléfono móvil y luces forman parte del equipamiento básico de una aventura así y todos dependen de una batería.
En nuestro caso contábamos además con una ventaja importante: en el campamento de Valdepeñas pudimos recargar los dispositivos electrónicos mientras descansábamos. Otro detalle de la logística de la organización que facilitó mucho las cosas.
- Comida: esta vez llevamos bastante más de la necesaria
En nutrición podemos reconocer que nos pasamos.
Regresamos con buena parte de las barritas y geles prácticamente intactos.
Entre lo que ofreció la organización en la salida, la abundante comida disponible en el campamento de Valdepeñas y el avituallamiento posterior, además de los bares y comercios que encontramos durante el recorrido, no tuvimos problemas para mantener un buen aporte energético.
Y de paso pudimos cambiar algún gel por unas cuantas delicias manchegas. No hay color.
Eso no significa que recomendemos salir sin comida. Todo lo contrario.
Siempre hay que llevar una reserva propia. No sabemos dónde aparecerá un problema, cuánto tardaremos en alcanzar el siguiente pueblo o si encontraremos abierto ese establecimiento con el que contábamos.
Otra vez: preferimos regresar con alguna barrita en la bolsa antes que necesitarla y no tenerla.
- Agua, sales y calor: aquí no conviene despistarse
Este apartado fue especialmente importante en nuestra edición por las elevadas temperaturas que soportamos durante muchas horas.
Bebimos muchísimo y aprovechamos fuentes, bares y comercios para rellenar continuamente los bidones. Pero cuando el calor y la sudoración son elevados durante tantas horas, nuestra estrategia no consiste únicamente en beber agua: también reponemos electrolitos de forma regular.
Por eso salimos con bebida con sales minerales y llevamos producto suficiente para preparar nuevos bidones durante el recorrido.
La cantidad necesaria dependerá de cada ciclista, de su sudoración, de la temperatura, del ritmo y de lo que coma y beba durante el camino. Lo importante es haber probado previamente nuestra estrategia y no empezar a experimentar precisamente durante un evento de 360 kilómetros.
Y si hablamos de calor, tampoco podemos olvidarnos de la protección solar. Muchas horas expuestos al sol manchego justifican llevar una protección adecuada y, preferiblemente, un producto que ya conozcamos y sepamos que toleramos bien durante el ejercicio.
- Y sí: la crema para la badana
Aquí puedo hablar en primera persona porque cometí el error: me la olvidé.
Por suerte, las molestias aparecieron solo en algunos momentos y fueron llevaderas, pero después de tantas horas sobre el sillín agradeces cualquier elemento que contribuya a reducir rozaduras e irritaciones.
Si eres sensible a este tipo de molestias, métela en la bolsa. Ocupa muy poco y puede acabar teniendo bastante más importancia de la que parece cuando llevas diez, doce o quince horas pedaleando.
- ¿Dónde llevamos todo?
Eso depende mucho de las preferencias personales.
Yo he utilizado una bolsa trasera con estabilizador, sin cargarla excesivamente, y me ha funcionado bien. En otras aventuras la he sustituido por una mochila ligera y tampoco he tenido problemas.
Actualmente existen multitud de sistemas de bikepacking y una cantidad casi infinita de información sobre ellos. Bolsa de sillín, cuadro, manillar, top tube, chaleco o mochila: cada solución tiene ventajas e inconvenientes.
Nuestra recomendación aquí es mucho más sencilla que discutir cuál es mejor:
Prueba tu sistema antes. Nunca estrenes la configuración de bikepacking el día del evento.
Carga las bolsas, sal con ellas, comprueba si se mueven, si rozan, si dificultan sacar los bidones o si el peso modifica demasiado el comportamiento de la bicicleta. Lo importante no es llevar el sistema de moda, sino uno que sepamos que nos funciona.
- Acoples de triatlón: en nuestro caso, comodidad
Ángel y yo utilizamos además acoples de triatlón, colocados en una posición relativamente alta.
No los llevamos buscando una posición más aerodinámica ni intentando rodar más rápido. Nuestra finalidad es bastante diferente: disponer de otra posición sobre la bicicleta para descargar espalda, brazos y manos durante tantas horas.
En distancias así cambiamos continuamente de postura y los acoples nos resultan cómodos.
Pero esto es tremendamente personal. No son imprescindibles y tampoco pretendemos recomendarlos para todo el mundo.
A nosotros nos funcionan. Si te atrae la idea, pruébalos con tiempo y decide por ti mismo.
- Gravel, MTB, ancho de neumático y la eterna discusión
Aquí entramos en uno de esos debates en los que resulta prácticamente imposible conseguir unanimidad.
¿Gravel o MTB? ¿40, 45 o 50 mm? ¿Más balón? ¿Menos? ¿Qué presión?
Probablemente escucharemos tantas respuestas como ciclistas.
Para algunos, el Camino del Quijote tendrá muy poca dificultad técnica. Otros pensarán que estarían mucho más cómodos con una MTB. Y seguramente todos tendrán sus razones.
Nosotros elegimos gravel y neumáticos de 40 mm. Mi Basso de 2022 tampoco admite mucho más y, para un recorrido de estas características, de momento esa configuración me funciona perfectamente.
Más importante todavía me parece acertar con las presiones.
Aquí tampoco copiaría automáticamente la cifra de otro ciclista. Peso, neumático, ancho interno de la llanta, carcasa, terreno, forma de conducir e incluso preferencias personales modifican muchísimo el resultado.
En mi caso utilicé 2,1 bar delante y detrás, una presión que conocía y con la que me encontraba cómodo para este recorrido.
La cifra importa menos que el método: probar antes, ajustar y no improvisar el día de la salida.

Lo imprescindible, según nuestra experiencia
Después de 360 kilómetros y 28 horas de aventura, si tuviéramos que resumir nuestra filosofía de equipamiento, nos quedaríamos con esto:
- Bicicleta revisada unos días antes, con especial atención a transmisión, frenos, tornillería y neumáticos.
- Tubeless revisado, mechas y al menos un par de cámaras de repuesto.
- Multiherramienta con tronchacadenas, bomba, desmontables, eslabón rápido, bridas y pequeños repuestos esenciales.
- Saber utilizar lo que llevamos. Practicar previamente cómo colocar una cámara o una mecha, utilizar el tronchacadenas y el eslabón rápido y solucionar las pequeñas incidencias que razonablemente pueden aparecer durante el recorrido.
- Luces con autonomía sobrada, preferiblemente con alguna alternativa para no depender de una única unidad.
- Powerbank y cables necesarios para GPS, móvil, luces y otros dispositivos.
- Comida de reserva, aunque sepamos que encontraremos avituallamientos, bares o comercios durante el recorrido.
- Plan de hidratación y reposición de electrolitos probado previamente, especialmente importante cuando se esperan muchas horas de calor.
- Protección solar y crema para la badana, especialmente si sabemos que solemos necesitarla.
- Sistema de bikepacking probado y conocido, evitando estrenar bolsas, soportes o configuraciones el día del evento.
- Neumáticos y presiones que conozcamos bien, en lugar de cambiar nuestra configuración siguiendo recomendaciones de última hora.
Y añadiríamos una última recomendación que engloba prácticamente todas las anteriores:
No estrenes ni improvises nada importante el día de una aventura de 360 kilómetros.
Esto incluye también nuestros conocimientos. Una cámara de repuesto, una mecha o un tronchacadenas son muy útiles, pero la mejor herramienta sigue siendo saber qué hacer con ellos cuando aparece el problema.
En este tipo de recorridos no se trata de llevar media casa encima ni de prepararse para cualquier catástrofe imaginable. Se trata de encontrar un equilibrio razonable entre ligereza, autonomía y capacidad para solucionar por nosotros mismos los problemas más previsibles.
Porque cuanto menos tengamos que preocuparnos del material, más podremos dedicarnos a lo verdaderamente importante: pedalear, mirar alrededor y disfrutar del camino.
Fotografías cedidas por la organización del evento Camino del Quijote (https://caminodelquijote.com/)
Vídeo del canal de Sergio Gravelo (https://www.youtube.com/@Sergio_Gravelo)