Ciclismo real después de los 50. Rutas, experiencias y vida sobre dos ruedas desde La Marina Alta

CICLISMO REAL DESPUÉS DE LOS 50, RUTAS, EXPERIENCIAS Y VIDA SOBRE DOS RUEDAS DESDE LA MARINA ALTA

Bikepacking de Valencia a El Herrumblar (Cuenca) | de Les Arts a Alma del Cabriel y vuelta

Habíamos imaginado este viaje en bici desde hacía tiempo. Lo habíamos hablado, aplazado y vuelto a poner sobre la mesa en más de una ocasión. Pero el verano ya asomaba con sus rigores y no teníamos claro que pudiéramos encontrar otra ventana buena en otoño. Así que, sin darle demasiadas vueltas, llegó el momento de hacerlo.

Nos pusimos en marcha Vicente y un servidor, con esa mezcla tan reconocible de ilusión, respeto y cierta improvisación que siempre acompaña a las pequeñas grandes aventuras ciclistas. Primero nos juntamos en El Verger (Alicante), y desde allí pedaleamos hasta Gandía (Valencia), donde tomamos un tren de cercanías que nos llevó hasta Valencia capital. Ese sería el punto de salida “oficial” de nuestra ruta: desde Valencia hasta Alma del Cabriel, en El Herrumblar, Cuenca.

Después de apenas unos minutos circulando por los carriles bici, alcanzamos uno de esos escenarios que siempre impresionan, aunque lo hayas visto muchas veces: la Ciudad de las Artes y las Ciencias. La silueta blanca y futurista del conjunto arquitectónico de Les Arts. No fuimos los únicos hechizados por ese magnifico espacio, incluso descubrimos a otros cicloturistas con objetivo similar al nuestro, pero en eBike.

El ambiente de la ciudad y las primeras fotos de rigor sirvieron como pistoletazo simbólico de salida. A partir de ahí, ya no había vuelta atrás. Bueno, vuelta sí habría, pero al día siguiente y con muchos kilómetros más en nuestras piernas.

Reanudamos la marcha y, en poco tiempo, ya estábamos en Picanya. Allí fue inevitable sentir un nudo en el estómago al ver cómo continuaban los trabajos para devolver la zona a la normalidad tras la terrible DANA del 29 de octubre de 2024. Cerca de dos años después, las cicatrices seguían presentes en el paisaje, recordándonos la magnitud de aquella terrible jornada y todo lo que aún quedaba por recomponer.

Con unos 40 kilómetros hechos desde Valencia, alcanzamos Turís, donde hicimos la primera parada tranquila del día, para refrescarnos, comer algo y disfrutar del primer café en ruta. A partir de ese punto empezamos a notar de verdad el calor. El verano aún no había llegado oficialmente, pero sobre el terreno ya se comportaba como si llevara semanas instalado. Con los bidones cargados de agua a tope y sales minerales, la cosa parecía todavía controlable.

Poco después nos tocó buscar una alternativa al track original. Algunos pasos sobre el cauce del río Magro eran impracticables por los daños provocados por la DANA, así que hubo que adaptarse. Y eso, al final, también forma parte del bikepacking: llevar una idea clara, pero aceptar que la ruta siempre tiene la última palabra. Conseguimos, no sin alguna dificultad, una alternativa salvar esa parte del track original, y al poco llegó la primera ascensión de la ruta, la Muela de Dos Aguas.

La ascensión hacia la zona de la Muela de Dos Aguas fue uno de los primeros tramos serios del día. Desde que la carretera empezó a picar hacia arriba hasta coronar, acumulamos unos 14 kilómetros de subida progresiva, con el calor cada vez más presente y las bicis cargadas marcando su propio ritmo. Frente a nosotros, desde la atalaya de la Muela de Dos Aguas, divisamos la no menos impresionante Muela de Cortes, pensando que ese podría ser nuestro siguiente reto de regreso a casa.

Comenzamos, después, un descenso siempre agradable y al poco llegamos a Venta Gaeta, en el kilómetro 73 de la ruta, donde repusimos agua en la fuente de San Vicente Martir, recomendada por un paisano de la localidad al que aprovechamos para preguntar por el bar del pueblo. Lamentablemente todavía estaba cerrado, aunque a punto de reabrir, pero no hubo suerte.

Tocaba seguir buscando avituallamiento, así que nos desviamos hacia Los Pedrones, pasando antes por Casas de Sotos. Allí casi no llegamos a tiempo de comer en el único restaurante del pueblo. Por suerte, debimos poner unas caras suficientemente convincentes (o suficientemente castigadas) y se apiadaron de nosotros. Al final pudimos sentarnos, comer algo y recuperar fuerzas. En ese momento, cualquier vianda nos supo a gloria.

Con unos 100 kilómetros ya en las piernas, continuamos la ruta hasta descender hacia Casas del Río, aldea de Requena, donde cruzamos el puente sobre el rio Cabriel, el mayor y más importante afluente del Júcar. Allí hicimos una de esas paradas que no estaban del todo planificadas, pero que resultan absolutamente recomendables, para remojarnos en las zonas habilitadas junto al río. Con el calor que arrastrábamos, aquello fue poco menos que gloria y agua bendita.

El entorno del Cabriel nos regaló uno de los tramos más bonitos del viaje. Pedalear por esa zona junto al rio, con la sensación de estar entrando en otro ritmo y otro paisaje, siempre tiene algo especial. De nuevo nos tocaba remontar, dejando atrás el murmullo siempre presente del rio y así llegamos hasta Casas de Ves, población que reconocimos enseguida gracias a nuestra participación en “La Manchuela Gravel”, una cita que ya se ha convertido en fija dentro de nuestro calendario.

Poco después alcanzamos Casas Ibáñez, otro de los hitos importantes de la ruta, en torno al kilómetro 140, desde Valencia. Esta localidad albaceteña, situada en pleno eje de la comarca de La Manchuela, tiene para nosotros un significado especial. Desde su plaza de toros se da la salida a “La Manchuela Gravel”, una prueba que este año ofrecía hasta cuatro distancias para elegir y disfrutar de este territorio como se merece: pedaleando.

A esas alturas, con los kilómetros acumulados y las temperaturas todavía altas, era casi obligada la parada en la Plaza de la Constitución, a la sombra de sus árboles y junto a la curiosa y popular farola de diseño conocida como “Faroletra”. Y cuando el cuerpo pide algo frío, conviene escucharlo. Así que la decisión fue rápida: helado al gusto de buen tamaño. Dicho y hecho. A veces, la épica también se construye con pequeños sencillos placeres.

Repuestos y cargados de agua afrontamos, a buen ritmo y ya sin más paradas los últimos 22 kilómetros del viaje de ida, hasta El Herrumblar, ya en la provincia de Cuenca. Desde Casas Ibáñez ya empezamos a fantasear con la ducha, la ropa limpia y la cena posterior. Ese pensamiento, cuando el día ya pesa, mueve casi tanto como las piernas.

Y sin incidencias, felices, satisfechos por lo andado, llegamos a nuestro destino, “Alma del Cabriel”.

Alma del Cabriel, un alojamiento que se ha convertido para nosotros en referencia en la zona desde su apertura en abril de 2025. Lo descubrimos al poco de iniciar su andadura y, desde entonces, siempre nos han tratado de forma sobresaliente. Un complejo rural con albergue, apartamentos, zonas comunes, restaurante (La Taberna del Alma) zona camper, etc. Muy cuidado, tranquilo y perfecto para recuperar fuerzas después de una jornada larga de bicicleta.

Llegar allí, después de una etapa así, tuvo ese sabor especial que solo lo comprenden quienes han pasado muchas horas sobre la bici: cansancio, algo de sufrimiento (como no), calor todavía en la piel y la satisfacción de haber aprovechado el día de la mejor manera posible.

La ducha, la suculenta y deliciosa cena junto al descanso, hicieron el resto. Porque en este tipo de viajes, tan importante como llegar es encontrar un lugar donde el cuerpo y la cabeza entiendan que la jornada ha terminado. Alma del Cabriel fue exactamente eso: nuestro refugio al final de una etapa intensa, calurosa y preciosa.

Kilometraje total del viaje de ida: 160 km (sin sumar los 25 km hasta Gandía). 

La vuelta a Valencia por el Valle del Cabriel

Para la vuelta a Valencia, la conversación con Iván, de Alma del Cabriel, terminó siendo decisiva. Con muy buen criterio, nos aconsejó explorar el Valle del Cabriel, así que decidimos tomar esa dirección en lugar de limitarnos a deshacer el camino. Y fue todo un acierto.

Desde El Herrumblar bajamos hasta el cauce del río, uno de los tramos más bonitos del regreso para, después, comenzar una ascensión que hicimos prácticamente sin paradas. No porque sobraran las fuerzas, sino porque el entorno nos llevaba embelesados. Hay tramos en los que uno deja de mirar el kilometraje y simplemente pedalea, atento al paisaje, a la luz, al silencio y a esa sensación de estar atravesando un territorio que merece ser recorrido despacio.

Así llegamos hasta Casas del Rey, ya en la provincia de Valencia, en torno al kilómetro 33 de la etapa de vuelta. Allí hicimos una nueva parada en su bar, para avituallarnos, reponer líquido y tomar aire antes de seguir. El sol, a esas horas, empezaba a calentar de lo lindo y convenía gestionar bien tanto las fuerzas como los tiempos.

Con esa idea decidimos llegar cuanto antes a Requena, en el kilómetro 60 del día, para hacer una parada larga. Tocaba comer, descansar y dejar que el reloj trabajara a nuestro favor. A veces, en bici, parar también forma parte de la estrategia. Y en una jornada calurosa, esperar a que el sol empiece a bajar puede marcar la diferencia entre sufrir sin necesidad o seguir disfrutando del viaje.

Desde Requena hasta Valencia, siendo sinceros, el recorrido ya nos entusiasmaba algo menos. La parte más bonita y aventurera de la vuelta había quedado atrás y nuestra cabeza empezaba a pensar más en la logística que en la épica: llegar a la estación de Valencia a tiempo, coger el tren hacia Gandía y, desde allí, volver de nuevo en bici hasta nuestras casas a una hora prudente.

La mayor parte del desnivel (2300 metros de acumulado positivo la ida y 1300 metros la vuelta a Valencia) ya estaba hecha, pero eso no significa que el resto de la ruta fuera un simple trámite. Nos esperaba un continuo sube y baja que, después de los kilómetros del día anterior y los que ya acumulábamos en la vuelta, empezó a pasar factura. Las piernas iban avisando, la postura sobre la bici se hacía más consciente y cada repecho parecía algo más largo de lo que indicaba el perfil.

Por suerte, la temperatura fue bastante más benigna a esas horas y eso nos permitió avanzar con mayor comodidad. Ya no había grandes historias que contar, ni paradas memorables, ni sorpresas de ruta. Solo quedaba esa parte tan reconocible de muchos viajes ciclistas, seguir pedaleando, gestionar el cansancio y acercarse poco a poco al final.

Finalmente nos adentramos de nuevo en la capital valenciana hasta llegar a la estación. Allí nos tocó esperar, bastante, al siguiente tren, pero incluso eso tuvo su parte positiva: una última excusa para tomar algo, comentar la jugada y dejar que el cuerpo entendiera, poco a poco, que la aventura estaba llegando a su fin.

Después llegaría el tren hasta Gandía y, desde allí, los últimos kilómetros en bici hasta casa, muy reconocibles para nosotros, todo un clásico.

Ese tramo final, aunque ya sin la emoción del inicio ni la belleza salvaje del Cabriel, tenía otro valor, cerrar el círculo por nuestros propios medios, completando un viaje que había empezado muchas horas antes con la ilusión intacta y terminaba con las piernas cargadas, pero la memoria bien llena.

Porque al final, más allá de los kilómetros, los desniveles o el track seguido, este tipo de viajes van de eso, de compartir camino, improvisar cuando toca, descubrir lugares, reencontrarse con otros que ya forman parte de nuestra memoria ciclista y confirmar, una vez más, que la bici sigue siendo una de las mejores excusas para vivir aventuras cerca de casa. A la velocidad ideal.

Este viaje desde Les Arts, en Valencia, hasta Alma del Cabriel, en El Herrumblar, y vuelta a Valencia fue, sin duda alguna, una de esas rutas que se quedan guardadas en nuestra memoria, para siempre.

Kilometraje total del viaje de vuelta: 145 km (sin sumar los 25 km desde Gandía a casa). 

Entorno de nuestra ruta | La Manchuela y el Cabriel, perfectos para la bici

La Manchuela y el Valle del Cabriel son dos zonas que nos parecen fantásticas para recorrerse en bicicleta de gravel o MTB, sin demasiada prisa y con los sentidos bien despiertos.

La Manchuela se sitúa entre las provincias de Albacete y Cuenca. Pueblos, aldeas, carreteras secundarias, campos abiertos, viñedos, y ese tipo de paisaje manchego con todo tipo de matices. Localizada entre los ríos Júcar y Cabriel, la bici encuentra terreno para sumar pueblos, descubrir variados rincones y disfrutar de rutas largas, compartida con pocos vehículos.

El Cabriel aporta una parte más salvaje y refrescante del viaje. Su valle está reconocido como Reserva de la Biosfera por la UNESCO desde 2019. No es difícil entender las razones, cuando uno se acerca a sus hoces, a sus riberas y a esos tramos donde el río parece abrirse paso entre dos paredes, con mucha vegetación y en silencio. Un lugar con agua y caminos, pistas, que invitan a ser recorridos en un vehículo amable como la bicicleta.

Pedalear por allí tiene algo especial: demuestra que no hace falta viajar miles de kilómetros para sentirse en viaje. Basta con dejar atrás el ruido urbano, cruzar pueblos, buscar fuentes e improvisar paradas.

Probablemente, por eso esta ruta nos gusta tanto. No se trata simplemente de ir de un punto a otro. Atravesamos territorios y provincias con identidad propia, con una historia rural, paisajes abiertos y muchos lugares donde la bici se convierte en la forma de avanzar, a la velocidad ideal, para poder ir observando todo.

La bici y el material utilizado

Para esta ruta utilicé mi Basso Palta Gravel, una bicicleta más que probada, y que encaja bien en este tipo de aventuras donde se mezclan carreteras secundarias, tramos de tierra, pistas, calor, equipaje y bastantes horas sobre el sillín.

La transmisión fue la ya conocida Campagnolo Ekar 1×13, con plato de 42 dientes y cassette 9-42. Para una ruta de bikepacking ligero como esta, el monoplato resulta cómodo, sencillo y fiable. Permite mantener buen ritmo en los tramos rápidos y, al mismo tiempo, ofrece un desarrollo suficientemente corto para afrontar subidas largas, repechos finales y esas zonas donde el cansancio empieza a notarse de verdad. Quede claro que un plato de 40 y un piñón de 44 detrás, aún tendría más sentido para este tipo de turismo.

En esta ocasión las ruedas montadas estaban enfocada a la fiabilidad y a la comodidad: aros de aluminio ligero con bujes DT y protección tubeless X-Sauce. Una elección muy adecuada para una ruta de semi autosuficiencia, donde interesa rodar bien, pero también viajar con tranquilidad ante firmes variados y posibles imprevistos.

Los neumáticos fueron unos Hutchinson Touareg de 40 mm, una medida que aporta buen rodar, mucha seguridad y confort. En rutas de este tipo, con zonas de asfalto, caminos, pasos más rotos y bicicletas algo cargadas, unos milímetros extra se agradecen muchísimo. No se trata solo de ir rápido, sino de llegar entero, cómodo y con margen cuando el terreno se complica.

El equipaje fue bastante contenido, pensado para una aventura de dos jornadas sin cargar la bici en exceso: bolsa trasera de bikepacking con estabilizador, una pequeña bolsa en el tubo superior para tener a mano comida, móvil o pequeños objetos, y una mochila CamelBak, útil tanto para llevar líquido extra como para repartir parte del material.

En la parte de hidratación y energía, llevé bidones con agua, sales y mezcla de hidratos, una combinación muy importante en una ruta marcada por el calor. En días así conviene beber con frecuencia, reponer sales y no esperar a tener sed o hambre para empezar a cuidarse.

También porté iluminación delantera y trasera, tanto para ser más visible en carretera de día, como por seguridad en caso de que la jornada se alargara más de lo previsto. En la parte delantera monté doble luz, una de 500 lúmenes y otra de 400 lúmenes, una combinación que me aportaba autonomía suficiente para circular con mayor tranquilidad si acaba cayendo la noche o por si atravesamos zonas con poca visibilidad, como algún túnel.

Además, incluí el material básico que considero imprescindible en cualquier salida larga de bikepacking: multiherramienta con troncha cadenas, bomba, desmontables, mechas tubeless, eslabón rápido, bridas y otros repuestos esenciales. No hace falta llevar medio taller encima, pero sí lo suficiente para resolver pequeñas incidencias sin depender de nadie.

Al final, esta configuración busca justo ese equilibrio que tanto importa en el bikepacking: una bici cómoda, fiable y suficientemente rápida, con el material necesario para moverse en semi autosuficiencia por carreteras secundarias y terrenos variados de tierra, pero sin convertir cada kilómetro en una lucha contra el peso.